And the life say “come on”

dinerito

Y cambió, y volvió a girar dejando todos los grados anteriores inservibles, y mi estatus social también.

Ya no soy tan puta. Ahora sólo tengo un cliente, muy millonario (la persona con más dinero que había conocido nunca), muy enamorado de mí y muy pendiente de mis necesidades.

La sensación más notable de todo el cambio es la tranquilidad, de repente, de la noche a la mañana, he tenido que dejar de preocuparme de casi todas las preocupaciones que me atormentaban, sobre todo las económicas. He pasado de comer pasta y arroz varias veces por semana, a los percebes y otros mariscos varios cada vez que me apetece, de beber agua del grifo (esa es más puta que yo) filtrada con la jarra Brita, a tener botellas de vino donde elegir sin miedo a que se acaben, de sufrir horas y horas de bochornoso calor, en mi apartamento, delante de un inmundo ventilador, tan antiguo, que tenía el precio en pesetas, a darme baños gloriosos en la piscina de depuración por ósmosis salina de un chalet como pocos había visto antes.

De luchar para estirar 20 euros si salía con amigas, a quemarme el dinero en las manos y no saber en qué gastarlo.

De no ver la luz al final del camino, a no ver el camino cegada por tanta luz.

De lloriquear porque tuve que vender, como medida económica mi coche, a mirar coches de lujo para ver cuál cae.

Mi única preocupación ahora mismo, es enfocar bien esta lotería que me ha tocado, evitar hacerle daño a alguien (una ha sido muy puta, pero también una mujer sensible y con valores), que no se me vaya de las manos la situación, mantener la mente fría, una pizca de ingeniería social, y buscar un ático para trasladarme.

And the love say no, but the life say “come on”.

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Hacer el amor VS follar

damos

Cuando una se dedica a ejercer el sexo como salida profesional éste se mecaniza y pasa de ser algo placentero a convertirse en un conjunto de estudiados movimientos armónicos cuyo único fin es lograr el placer ajeno, y cuanto antes mejor.

Se podría pensar que, si de algo va sobrada una chica de compañía, es de sexo, pero desde mi punto de vista no tiene nada que ver. Independientemente de la cantidad de polvos que pueda, por motivos laborales echar al cabo del día, se necesita de vez en cuando sacar una cana al aire y preocuparse del propio placer. Y eso hice anoche aprovechando que la ocupación de las últimas semanas ha terminado.

Ya comenté en el último post que el pasado sábado y tras unas cervezas de más, ligué como lo hacen todas las chicas, en un bar, sin más interés por medio que mi placer, con besos que prometían y que anoche me llevaron a vivir una experiencia que hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Tomamos unas cervezas, hablamos, nos miramos con la complicidad que la situación conllevaba, la atracción no sólo se mantenía como en el primer encuentro, sino que creció y aumentó hasta el punto de decidir dar rienda suelta a los deseos en privado, y nos dirigimos a casa. De camino me regaló una flor, una rosa roja que cortó en un jardín (odio las flores muertas, pero agradecí mucho el detalle, de hecho la he puesto a secar dentro de un libro), nos besamos por las esquinas como adolescentes furtivos, abrimos una botella de vino y pasamos directamente a la cama, la ropa desapareció como por arte de magia y agarrada a su cuerpo como si en ello me fuera la vida me procuré el placer que tanto doy, y tan poco recibo, muchos besos, abrazos, caricias, lamía su polla con auténtica devoción, tanta, que por un momento temí asustarle . Intenté controlarme, disimular la soltura, cualquier rasgo profesional que pudiera delatarme, hacerme incluso un poco la mojigata, pero con la excitación a tope, porque estaba loca de deseo fue imposible y terminé pidiéndole que tuviera su orgasmo en mi boca, pero no quiso. Quería satisfacerme, hacerme sentir una princesa, fue dulce, cariñoso, disfrutó mi placer como suyo y logró que una noche cualquiera se convirtiera en la noche más especial de los últimos meses.

Estoy loca, loca perdida, por repetir.

Un fetichista

fetiche

Solemos quedar más o menos una vez por semana. Alto ejecutivo de una empresa tecnológica y consecuentemente forrado, conduce un deportivo despampanante, viste de marca superior (probablemente lleve en ropa en un día, lo que yo gano de puta en un mes), un hombre con mucha clase, muy fino en sus movimientos (cuando anda o se mueve, más bien parece que se desliza como una bailarina), de los que pagan con el dinero en un sobre porque a su parecer evitas el gesto feo de darlo en mano, muy inteligente, casado, morboso y fetichista hasta aburrir.

No le mueve sólo el sexo, también quiere compañía, y además prefiere que sea yo la que decida qué hacer, salir, cenar, un concierto, cine… Disfruta llevándome abrazada por la calle, o de la mano, y le encantan los besos y las caricias. Esto es complicado para mí, no me cuesta tanto vender mi cuerpo, pero fingir cariño y amor se me antoja demasiado hipócrita.  No obstante, de momento, es lo que toca.

Es muy tímido en persona, por eso prepara las citas con antelación vía email. Le gusta mandarme archivos adjuntos en los que me da una breve explicación de varios juegos que desearía llevar a cabo en la intimidad, acompañada de fotos muy ilustrativas, y normalmente espera que yo elija una entre el abanico y le comente con antelación, también vía email, qué juego prefiero para la próxima cita. Este paso es para él el más importante, pues a su parecer, al vernos, si ambos sabemos lo que pasará, el morbo aumenta y sin decirnos palabras podremos decirnos cosas con las miradas y así preparar el momento para que el placer sea mayor. Paparruchas, ¡yo sólo finjo!. Pero él paga, él manda.

Hoy me centraré en la primera cita. Fuimos, en principio, a cenar. Como yo elijo, le llevé a un sitio caro a comerme un buen solomillo de esos que te dejan la cartera tiritando y seleccioné, por petición, el mejor de los vinos que encontré en la carta (elegí el más caro, para qué vamos a engañarnos).

Habíamos acordado previamente que durante el postre, yo, que llevaría tacones, falda y medias con liguero, me levantaría al aseo, me quitaría las braguitas, y al volver se las haría llegar discretamente por debajo de la mesa, así sabría que estaba preparada y dispuesta para él. (¿?)

Tras la cena vinimos a mi casa, me tumbó en la cama, se comió mi coño hasta hacerme correr cinco (cinco!) veces seguidas, sin descanso ni piedad, de una forma tan suave (los movimientos de su lengua son tan sutiles como lo suyos propios) que me hacía enlazar prácticamente un orgasmo con otro. Esperaba, ya con cierta ansiedad, que decidiera finalmente follarme y poder, en cierto modo, devolver todo lo que llevaba haciendo por mí toda la noche, pero sin darme tiempo ni dejarme lugar a réplica, decidió que era tarde y tenía que volver a casa. Dejó el sobre sobre la mesa (válgame la redundancia) y se despidió cariñosamente.

Las siguientes no fueron para menos. Todo se andará.

El belga que bebía vino

VINO

Digno de remarcar, porque marcó un antes y un después en mi forma de cobrar, y empecé a hacerlo por adelantado.

No sé su nombre, utilizaba como pseudónimo el nombre de un grupo de música indie británico, del que jamás he escuchado nada. Treinta y nueve años, trabaja en el departamento de comercio exterior de una empresa de transporte de la ciudad. Según cuenta, vino a vivir a España movido por el amor hace aproximadamente diez años, en los que tuvo tiempo de casarse, tener un hijo, divorciarse, y aficionarse a las putas y el vino.

Rubio, estatura media, ojos azules y paletas prominentes le gustaba concertar las citas los sábados por la noche, alrededor de las diez, o diez y media, y siempre aparecía mascando chicle y con una botella de buen vino bajo el brazo. Feo, pero agradable, y muy, muy morboso. Nunca follamos, nunca hizo falta utilizar un preservativo, lo único que pedía era poder masturbarme, escupirme en el coño, comérselo, introducir un dedo, dos, intentarlo con tres, e ir poco a poco dilatándome para terminar follándome con toda la mano. Así, sin tocarse, sin tocarlo, y sin erección aparente, llegaba a un orgasmo casi seco, prácticamente sin semen. Hablábamos, me masturbaba, descansábamos, tomábamos una copa de vino, le seguía la corriente en la crítica hacia la sociedad, un cigarro, y vuelta a la masturbación.

Me resultaba divertido, y no me costaba excesivamente satisfacerlo, hasta aquella fatídica noche, en la que agotada por falta de descanso, tocada por el vino y aburrida, dolorida por un golpe con los dientes prominentes contra mi clítoris (“ay, perdón”, “perdón??, tu puta madre!!!)  y deseosa de quedarme sola para dar buena cuenta de unos porritos de marihuana que había comprado por la tarde, tuve la fatídica idea de fingir un mareo, y conseguir que se largara.

Pequé de incauta. Salté de la cama, donde ya no me sentía bien, hice el paripé de ponerme agua fresca en la nuca y la frente en un intento de aliviar el fingido malestar, y refugié en el sofá donde me arropó con una manta y me pidió que descansara. Y se fue.

Esperé unos segundos antes de abrir los ojos para asegurarme de que no volvería, y cuando finalmente me decidí…se había ido sin pagar!!.

La sensación fue terrible, de impotencia, intenté localizarlo, móvil apagado, le envié emails, de los que no recibí respuesta, e incluso ideé algún plan de venganza para cuando tuviera la oportunidad de hacerlo. No pegué ojo esa noche, lloraba y me pregunta a mí misma como había podido ser tan incauta, a la vez que agradecía a la vida que me recordara que para evitar frustraciones e impotencias, lo deseable es no confiar, y no esperar nada de nadie.

El domingo fue un día horrible, ojeras, sensación de gilipollas, ansiedad, una impotencia bestial y unas ganas de partirle la cara de idiota que me superaban. Hasta que a última hora de la tarde apareció con un email:

“Hola, que forma tan rara de despedirnos, espero que me lo compenses la próxima vez con una rebaja en la tarifa, o ampliación de tiempo. Por cierto, me fuí sin pagar, te lo daré la próxima vez. Besos”

Le devolví el email con una amplia explicación de la situación,

“Que te quede claro que hago esto por dinero, que por la confianza que hemos generado no te pongo límites de tiempo, circunstancia que utilizas para extralimitarte, que me parece una falta de respeto que aproveches también mi bajada de tensión para intentar sacar más partido de mí, y que quiero el dinero en casa esta noche sin falta”

No vino esa noche, ciertamente ya era tarde, me despertó el lunes a las 7:30 de la mañana para darme el puto dinero de mierda que le cogí sin prácticamente mirarlo a la cara y cerrando inmediatamente la puerta en sus narices.

Recibí otro email, “volveremos a vernos?”.

Contesté, “sí, si quieres, pero sin confianza, controlando el tiempo y por supuesto, cobrando por adelantado”.

Y como algunos parecen tontos, pues volvió a contestar:

“Está claro que tú lo haces por el dinero, prefiero que no volvamos a vernos. Es una gran pérdida, sexualmente eres muy buena.”

Gilipollas, lo voy a hacer por su cara.

Recapitulando, este cliente, de momento, está en stand-by, pero algo me dice que antes o después volverá a llamar.