Un fetichista

fetiche

Solemos quedar más o menos una vez por semana. Alto ejecutivo de una empresa tecnológica y consecuentemente forrado, conduce un deportivo despampanante, viste de marca superior (probablemente lleve en ropa en un día, lo que yo gano de puta en un mes), un hombre con mucha clase, muy fino en sus movimientos (cuando anda o se mueve, más bien parece que se desliza como una bailarina), de los que pagan con el dinero en un sobre porque a su parecer evitas el gesto feo de darlo en mano, muy inteligente, casado, morboso y fetichista hasta aburrir.

No le mueve sólo el sexo, también quiere compañía, y además prefiere que sea yo la que decida qué hacer, salir, cenar, un concierto, cine… Disfruta llevándome abrazada por la calle, o de la mano, y le encantan los besos y las caricias. Esto es complicado para mí, no me cuesta tanto vender mi cuerpo, pero fingir cariño y amor se me antoja demasiado hipócrita.  No obstante, de momento, es lo que toca.

Es muy tímido en persona, por eso prepara las citas con antelación vía email. Le gusta mandarme archivos adjuntos en los que me da una breve explicación de varios juegos que desearía llevar a cabo en la intimidad, acompañada de fotos muy ilustrativas, y normalmente espera que yo elija una entre el abanico y le comente con antelación, también vía email, qué juego prefiero para la próxima cita. Este paso es para él el más importante, pues a su parecer, al vernos, si ambos sabemos lo que pasará, el morbo aumenta y sin decirnos palabras podremos decirnos cosas con las miradas y así preparar el momento para que el placer sea mayor. Paparruchas, ¡yo sólo finjo!. Pero él paga, él manda.

Hoy me centraré en la primera cita. Fuimos, en principio, a cenar. Como yo elijo, le llevé a un sitio caro a comerme un buen solomillo de esos que te dejan la cartera tiritando y seleccioné, por petición, el mejor de los vinos que encontré en la carta (elegí el más caro, para qué vamos a engañarnos).

Habíamos acordado previamente que durante el postre, yo, que llevaría tacones, falda y medias con liguero, me levantaría al aseo, me quitaría las braguitas, y al volver se las haría llegar discretamente por debajo de la mesa, así sabría que estaba preparada y dispuesta para él. (¿?)

Tras la cena vinimos a mi casa, me tumbó en la cama, se comió mi coño hasta hacerme correr cinco (cinco!) veces seguidas, sin descanso ni piedad, de una forma tan suave (los movimientos de su lengua son tan sutiles como lo suyos propios) que me hacía enlazar prácticamente un orgasmo con otro. Esperaba, ya con cierta ansiedad, que decidiera finalmente follarme y poder, en cierto modo, devolver todo lo que llevaba haciendo por mí toda la noche, pero sin darme tiempo ni dejarme lugar a réplica, decidió que era tarde y tenía que volver a casa. Dejó el sobre sobre la mesa (válgame la redundancia) y se despidió cariñosamente.

Las siguientes no fueron para menos. Todo se andará.