Consecuencias del exceso de cervezas: pérdida parcial del control.

El-gust

El sábado pasado salí con una amiga a hacer un poco de deporte por el barrio, pero como estaba algo tocada por la situación de presión que últimamente se respira en mi “okupada” casa, cambié de planes sobre la marcha y en vez de mover el culo haciendo running, me dediqué a ejercitar el codo en la barra fija del bar, levantando cervezas bien fresquitas y apetecibles que entraban como entra el agua.

Estaba agobiada, sigo estándolo en cierta medida, aunque ahora los motivos han cambiado un poco, y es que empiezo a plantearme que agobiada sea una característica de mi personalidad inherente e independiente del entorno. O no, no sé. El caso es que aproveché la compañía de esta amiga para liberarme un poco contándole todo lo que puedo contar y maquillando algunas cosas para preservar su inocencia. Había buen clima, ella es tremendamente comprensiva y las horas fueron pasando, y los botellines de cerveza también.

Ya pasaban las dos de la madrugada cuando decidimos volver a casa, a fin de cuentas un sábado noche, y dos tías borrachas y en chandal es algo un tanto fuera de lugar. Aunque ya se sabe que cuando el alcohol alegra por dentro, dejan de ser importantes determinados aspectos exteriores.

De camino a casa, maldición, un bar abierto, y jijijaja, que nos metimos sin mucho pensar. Un señor mayor, viejo, feo, pesado y aburrido nos invitó a otro par de cervezas por aguantarle el rollo. Yo no estaba por la labor, aguanto muchos rollos por dinero, pero por el euro que vale una cerveza no. Así que mientras mi amiga se hacía cargo de él (ella tiene una habilidad especial para escuchar sin que se le note molesta en absoluto), me entretuve en marcarme yo sola unos pasos de baile sin mucho sentido y menor ritmo. Cuando de repente dos chicos atractivos entraron por la puerta. No había demasiada gente en el bar, con lo cual el contacto visual fue inmediato, en segundos estábamos charlando los tres (mi amiga seguía con el viejo, que no la soltaba), y no habían pasado ni quince minutos cuando, encantada con uno de ellos en concreto, por una personalidad de esas que te aplastan, nos besábamos apasionada y muy cariñosamente. Así pasaron las horas, besos y más besos, sin dejar de mirarnos a los ojos, hablando de nosotros sin palabras como si no hubiera nadie más en el bar, ni en el mundo. Intercambiamos los teléfonos y me marché, agobiada de nuevo, por presentir que me estaba metiendo en un lío, pues alguna vez he comentado aquí que dada mi ocupación encapricharme con alguien sería complicar las cosas, y pensando que aquello había sido un sueño y que terminaría en cuanto saliese de ese bar y llegase a casa.

Cuatro de la madrugada. Me tumbé dispuesta a dormir tal cual, vestida, en las últimas en lo que a fuerza se refiere, cuando llegó un mensaje al teléfono: “esta noche no dormiré solo, estarás en mis sueños”. Y entonces fuí algo consciente de que el sueño/pesadilla no terminaría cuando me durmiera. Al día siguiente él fue mi primer pensamiento al despertar, la dulzura de sus besos, la delicada forma en la que apartaba el pelo de mi cara para que no entorpeciera nuestra labor de exploración mutua de labios y lenguas y sus ojos clavados en los míos durante todo el tiempo que duró aquella experiencia. Nuestros cuerpos muy juntos deseándose con una calma extraña, como si no hubiera prisa.

Durante toda la semana hemos mantenido el contacto, me refiero con esto a que hemos hablado todos los días, en los que el feeling ha ido in crescendo, y tenemos una cita para el jueves por la noche, mañana, en la que estoy advertida que lo primero que ocurrirá será que se lanzará a mis labios a seguir besándolos, y en la que yo tengo claro que la noche terminará en sexo, y del bueno, porque me apetece una barbaridad.

Y luego lo que tenga que ser será, aunque no sea conveniente, porque contra marea no se puede ir. O yo no sé.

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