Un ángel en mi cama

angel

Así es esto, a veces abres la puerta de casa y ves lo que no puedes esperar, y casi casi, ni siquiera entender. Eso es lo que pasó anoche.

Hacía semanas que a través de Whatsapp hablaba con un veinteañero. Él se había interesado por uno de los anuncios en los que me vendo, pero expresaba su miedo a hacer realidad aquella fantasía de estar con una mujer de pago. Con psicología y mucha mano izquierda, terminé ganándome su confianza, y finalmente anoche, decidió hacerme esa ansiada visita.

Cuando me llamó por teléfono para que le explicara el sitio concreto donde nos veríamos (mi casa), le noté la voz temblorosa, y le presentí muy muy nervioso, le calmé con algunas frases que soltadas con naturalidad implican familiaridad, y en quince minutos le tenía aquí conmigo.

Guapo, joven, muy limpio, noble, simpático, agradable, amable. Le hice pasar directamente a la cama, aunque por costumbre, siempre suelo pasarlos un momento por el sofá a fin de, cobrar, detectar un poco las necesidades, y actuar así de la manera más conveniente y correcta. En este caso, ya digo, le llevé directo a la cama. Temblaba, su nerviosismo era más que evidente, bromeé con él y le hice ver que estaba muy interesada en su conversación. Habló y habló durante casi 20 minutos, en los que noté que cada vez se sentía más cómodo, y entonces le ofrecí un masaje relajante. -¿Me quito toda la ropa?- preguntó inocentemente. – Claro, voy a ponerte crema, no la querrás encima de esa camisa tan chula que llevas-.

Tumbado boca abajo y mientras suavemente recorría su espalda en un intento de llevarle finalmente al camino del placer, él continuaba hablando. Y lo hacía acerca de su trabajo que acababa de dejar porque necesitaba un tiempo para pensar qué hacer con su vida, de la novia que había dejado recientemente por que los celos que ella le demostraba terminando superando su paciencia, de su familia, rota por un desgraciado accidente de tráfico en el que falleció su padre, de su hermana lesbiana que está un poco loca porque ella conducía el coche el día del fatídico accidente y sigue sintiéndose culpable, de la buenísima relación que tiene con su madre, y las cinco operaciones que ella sufrió para no perder uno de los brazos en el mismo accidente, y la celeridad y rapidez con la que tuvo que hacerse cargo de los negocios de su padre tras el fallecimiento de éste y a pesar de su corta edad. Por eso ahora necesitaba desconectar. Era demasiado joven para llevar tanto peso en su espalda, había empezado a sufrir episodios serios de estrés, y conciliaba el sueño sólo a veces, y siempre con muchísima dificultad.

Le animé en su decisión de tomarse un tiempo para él, y por la sabiduría que la vida y experiencia me dan, le recomendé que se centrara en este tiempo que había decidido tomarse para él, en decidir qué quería exactamente para el resto de la vida, que lo visualizase claramente, y entonces fuera a por ello.

Estoy muy descentrado ahora, no sé qué quiero-. Le sugerí que tal vez un psicólogo podría ayudarle a centrarse y descubrir qué era exactamente lo que le haría feliz. –Hace años que voy a uno, pero no le cuento la verdad, le oculto información, nunca he hablado con él, como lo estoy haciendo contigo ahora. Me estás ayudando tú mucho más que él en muchos años. Tal vez deje de ir-.

Le hice darse la vuelta, bajé a su sexo, y le chupé la polla suavemente al principio y aumentando el ritmo poco a poco, tenía un sabor delicioso, y esto, no puedo decirlo de todos los hombres que me visitan, así que me esmeré en el asunto hasta el punto de que temí por su orgasmo acelerado. Le puse un preservativo, y subida encima, lo follé lentamente, yo disfrutaba y en un momento determinado dejé de pensar en él, empecé a hacerlo en mí, aceleré el ritmo y…él terminó.

Tumbado a mi lado, ahora ya sí, totalmente relajado, se le podía ver tan cómodo que le permití que se quedara un poco más de tiempo en el que estuvimos mirando la tele, y ya casi a las 2 de la mañana le mandé a casa.

Voy a pasar por McAuto a comprar una hamburguesa, me ha dado hambre– afirmó. –Qué rica, me encanta la CBO– añadí. –¿Quieres que te traiga una?-.

No, no quería una, quería que se fuese y pensar en todo lo que me había contado. Estaba en cierto modo afectada, pues, cuando trato casos así de primera mano, en los que te hablan con tanto sentimiento, y en los que familias que se adoran, quedan destrozadas por obra del jodido destino, no puedo evitar pensar en la mía, que sin grandes problemas, y todas las comodidades, está tan hecha mierda, y los miembros (salvo alguna pequeña excepción) se profesan tan poco cariño y tiempo.

 

 

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