Vuelta a las andadas

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La vida da golpes. A todos, y todos pensamos que con nosotros se ha cebado especialmente. En mi caso ha sido mi actitud la que ha condicionado el desarrollo de los hechos, y las consecuencias. No obstante lo llevo bien, no orgullosa, pero satisfecha de todo lo que he vivido, porque de todo ello me he hecho tal y como soy ahora, más fuerte tras cada golpe.

Automotivación es una palabra clave para mí. Siempre que me enfrento a una dura caída de alguna idealizada nube, me tomo unos días para mí en el más estricto encierro e intimidad, independientemente de las circunstancias. Es esencial para la recuperación, me recuerdo tópicos ya grabados a fuego en la memoria a golpe de experiencias, flashbacks para ver qué ha fallado, y flashforwards para que no vuelva a ocurrir.

Así que he vuelto, otra vez fortalecida, atacando la semana con ganas, fuerzas y hasta cierta ilusión.

Renovándome para no morir, con los objetivos más claros todavía y atendiendo de dos a tres clientes diarios. Todos nuevos, es casual, o tal vez forme parte de la renovación, porque he cambiado el sistema de “trabajo” y está dando sus buenos resultados.

También me he cambiado algo el  look y hecho un tratamiento de belleza completo, manicura, depilación completa, y todas esas cosas que nos hacen a las mujeres sentir mejor.

Estoy bien, recuperada, con fuerzas, dándole mordiscos a la vida, y llevando yo el control.

 

Un poco más de mierda

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Esta aventura no está siendo como esperaba. Me había hecho a la idea de que el que arriesga, puede perder. Pero las tonalidades color mierda que está tomando el asunto no están pasando desapercibidas. Siento malestar, ansiedad a niveles que hacía años no experimentaba, la puñalada trapera de mi ex me ha dejado hecha polvo. Quiero volver a mi estado optimista habitual, olvidar que mi intimidad ha quedado al aire libre, enterrar el dolor que produce que miren en el fondo de tu alma, y reiniciar el camino con fuerza. Pero no puedo, todavía no puedo. Van pasando los días, y el dolor permanece. Me siento agotada, minada, angustiada.

Y no ayuda mucho que haya recibido un mail del gilipollas de mi ex esta mañana, en la cuenta de “trabajo” pidiéndome una cita para esta tarde. No entiendo nada, no parecía que el mensaje fuese intencionado, joder, más bien pienso que realmente, y al enterarse de qué hago en mis ratos libres, y por venganza, haya decidido visitar a una profesional por su cuenta. Como el pobre es medio gilipollas, quién sabe qué puede pasar por su cabeza mononeuronal.

Se lo he hecho saber y nos hemos enfrascado en una disputa monumental vía whatsapp en la que he hecho alarde de todos los insultos que he aprendido durante mi vida, y que me ha dejado si cabe, más destrozada todavía.

Yo le dejé porque dejé de amarle, porque sentía que no compartíamos ilusiones en la vida, porque yo tengo miles, y él ninguna. Le dejé porque no quería seguir con él, pues me sentía atada a un lastre y estaba dispuesta a cualquier cosa para prosperar. Pero le seguía queriendo, no fue una decisión fácil, pero los problemas que él arrastra, la adicción al alcohol, su actitud, últimamente cambiante cuando lo tomaba, consumidor habitual de cocaína, una salud penosa, y esas inexistentes ganas de prosperar en la vida, mataron mi enamoramiento, pero nunca, nunca, mi cariño. Eso lo ha matado él solito.

Ahora le odio, le deseo lo peor por el daño que me está haciendo, no quiero que se muera, pero casi. No quiero verlo nunca más en la vida. ¿Qué coño de norma es la que me obliga a permanecer con alguien en contra de mi voluntad y si expreso mi deseo de abandonar carga contra mí con todas sus fuerzas?.  ¿Qué mierda es esta?. Así me siento, como una mierda bien grande y apestosa en el fondo del wc.

No puedo permitirme esto mucho tiempo más, o me pongo las pilas o no sé qué coño voy a hacer.

La familia, esa extraña

Como respecto al trabajo estoy desganada y no muevo un dedo, ni la lengua, ni el culo, ni…., pero el afán de exhibición sigue latente, quizá sea buen momento para pararse a pensar un poco en mi actitud, qué rémora la condiciona e ir atando cabos.

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Ayer comentaba que, debido a mi complejo de Electra, mantenía, por necesidad, y al margen de mi actual dedicación, relaciones con hombres de la edad de mi padre, de los que espero compañía, atenciones, mimos, cariño y comprensión, y ellos esperan de mí sexo, que muy pocas veces consiguen, porque para nada es mi fin. El complejo, con el que aparentemente todas las niñas nacemos, pero que se suele resolver a edad muy temprana, en mi caso y debido a determinadas circunstancias, nunca llegó a resolverse.

Una madre acaparadora que siempre peleó por tener toda la atención, un padre machista que infravalora a la mujer, y un montón de hermanos pequeños entre los que repartir atenciones, sobre todo entre los de sexo masculino, me fueron posicionando en el sitio en el que hoy estoy.

Yo por mi padre siempre he sentido mucha admiración, le veo como el hombre perfecto, aunque jamás se me pasó por la cabeza tener sexo con él, ni siquiera como fantasía recurrente, siempre le he tenido como un referente masculino y eso ha condicionado, en tremenda medida, a la mujer que hoy soy.

Nunca ninguna relación me ha satisfecho 100% pues siempre he comparado, inconscientemente. Y el hombre del que más enamorada he estado nunca, llámalo X, era lo más parecido que encontré, también de forma inconsciente.

Me abandonó, como mi padre, y sin dar muchas explicaciones, ambos por igual. Supongo que no podía ser de otra manera. Fue una relación de domición/sumisión en la que le dí todo y nada valoró.

Claro que, a determinada edad, culpar a la familia de los errores de la vida de una puede parecer una actitud infantil. No culpo a nadie de nada, soy lo que he querido ser en cada momento y desde que tengo uso de razón, independizada de manera extremadamente temprana y con una personalidad tallada como se talla un diamante, muy poco a poco para lograr lo que hoy soy, de lo que hago gala y me hace sentir tan orgullosa y completa, aunque a veces pueda parecer que las formas son poco ortodoxas.

Y es que nada sería igual si todo hubiera sido distinto.

Una mala semana

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Tras lo últimos acontecimientos, no tengo ganas de nada. Estamos a miércoles, voy atrasada en varios pagos, y no produzco un céntimo. Estoy totalmente desganada. Pensando mucho, y haciendo poco. Valorando nuevos caminos que se abren a cada paso y que me hacen seguir aferrada a la idea de que, de repente, el día menos pensado, todo puede cambiar, a mejor tal vez. E incluso, quién sabe, puedo llegar a la meta.

Tenía cita con el fetichista, pero la he estado aplazando del viernes de la semana pasada al lunes de esta, y después al miércoles, y de hoy al viernes, y ya veremos.  Está nervioso. Dice que no hace falta que tengamos sexo si me encuentro cansada. ¿?

Necesito dedicarme unos días a mí misma, a mi círculo social, a mis relaciones habituales ajenas a mis secretas ocupaciones. Tengo que cuidar ambas vidas, y regarlas, para que no decrezcan. Tratar conmigo misma, y con gente que me quiere y apoya en mis proyectos. Poner un pie en la vida real y ser consciente de estar a años luz de los demás. Y recibir insinuaciones sexuales como cualquier otra chica, pero con una risa irónica en el fondo de mi cerebro.

Fijarme en hombres que me gustan, y con los que me iría a la cama gratis.

Antes, siempre tenía tres o cuatro en números calientes de la agenda. Iba alternando, en función de mis apetencias. De un tiempo a esta parte, nada de lo que tuviera antes despierta en mí el más mínimo interés, y desde que me metí en esta “aventura” de la prostitución, no sólo no me fijo en nadie, sino que no hay quien me haga sentir lo más mínimo. Mejor así. Estoy totalmente convencida de que no podría seguir adelante con mis planes, y mentir tranquilamente en una relación, así que algo terminaría dejando, y como de dejar una relación de dos años vengo, hace escasos dos meses, y tengo tan reciente lo difícil que es cuando las dos partes no están de acuerdo, y esta aventura no me interesa pararla, la mejor opción es la que tengo y mantengo.

Existen no obstante dos hombres con los que quedo a veces, y que nada tienen que ver con ninguno de mis círculos, ni entre ellos, claro. No me acuesto con ellos, aunque sé que lo desean, y que probablemente, por más que me pese, es el único interés que les hace permanecer a mi lado, aguantando mis caprichos. Yo sólo les llamo, aleatoriamente, para que me cuiden un rato, y ellos piensan que en una de esas llamadas, me quedaré para siempre. Se parecen bastante en la personalidad, y en no pocas ocasiones recurren a las mismas frases para reprocharme “defectos” y “faltas” en mi forma de ser. Sí, son como padres. Y  sí, padezco complejo de Electra, pero esa historia será otro día.

Puñalada trapera

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Mi ex, vino a la ciudad a resolver unos temas de papeles, pero como siempre que tiene que venir, organiza el viaje de tal manera que no haya posibilidad de volver el mismo día, acoplándose así en mi casa, partiéndome en dos. Le presto la cama y yo duermo en el sofá.

En la última “visita” registró las mesitas de la habitación y armó la de San Quintín porque encontró una caja de preservativos y algún mecanismo le llevó a pensar que era la misma caja que usábamos meses atrás, y a la que, según sus cálculos, le faltaban unidades. Me despertó a gritos, me levantó del sofá, gritó pidiendo explicaciones y se largó encabronado.

La caja debía ser la cuarta o quinta que compraba después de la que él recordaba.

Ayer se instaló otra vez, repetición de la jugada. Me acosté en el sofá, agotada tras la insomne noche anterior entre ronquidos insufribles, y a las 3 de la madrugada me despierta pidiendo explicaciones de todo lo que tengo en mi móvil y que durante horas, y aprovechando mi sueño profundo, había investigado de arriba a abajo, dejando mi intimidad en el fondo de la taza del wc.

En mi móvil está todo. Siempre he dicho y mantengo, que perderlo sería de las peores cosas que puede ocurrirme, y que me generaría molestias muy considerables. Es mío, y en él guardo información muy personal, mensajes, emails, fotografías, anotaciones, la agenda A, y la B, citas…

No le dí tiempo siquiera a explicarse, le pedí de muy malas formas que se largara de mi casa y no se le ocurriera volver en su puta vida. No sé qué llegó a ver y qué no. Sólo sé que ahora sabe mucho de mi vida actual, y su actitud es amenazante. No me asusta, pero me duele.

Me duele esa actitud, me siento mal, no tanto por lo que hago o dejo de hacer, como por la ya tan conocida sensación de impotencia, tras volcar tu buen hacer en alguien y recibir a cambio mierda maloliente.

En fin, a ver si consigo desparasitarme de una jodida vez.

Doblete, que no orgía

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Escribo esto aprovechando que son casi las 3 de la mañana y no puedo conciliar el sueño. No, no son problemas de conciencia, es algo tan terrenal como los ronquidos del hombre que, a pierna suelta, duerme a mi lado.

No es un cliente, es un amigo. A veces, no muchas, necesito refugiarme en los brazos de alguien de cierta confianza y desconectar un poco. Una que es humana. Pero nada de sexo.

Volviendo al “trabajo”, ayer tuve dos citas, una por la mañana, con un cliente nuevo, normalito, llevaba tiempo queriendo quedar pero le echaba muy para atrás el precio. Ay amigo, no se hizo la miel para la boca del asno. Le recomendé siempre que buscara alguien más económico, pero también le advertí que podía encontrarse con cualquier cosa. Ayer finalmente se decidió.

Casado, 52 años, trabaja en una oficina, ni idea del sector, pero llevaba ropita de marca, y aunque su idea en principio es que yo fuera a su trabajo a visitarle, al saber del incremento de precio que el desplazamiento conlleva, se plantó en casa. Una hora, masaje relajante para aliviar tensiones en la espalda, un poco de francés, me regaló una masturbación muy bien lograda, después me pidió que le penetrara el culo con algún juguete. Saqué mi enorme vibrador, le calcé un preservativo, humedecí la puntita con mi saliva y para adentro. Le toqué un poco mientras le follaba el culo…y se corrió rápidamente. –Prefiero que me masturben a follar– comentó. –Sí, yo casi que también-, contesté en mi dinámica de dar siempre la razón al que paga.

Relajado y tumbado en la cama se interesó por el precio del alquiler de mi casa (muchos me lo preguntan y sinceramente contesto lo que me da la gana), y contó la batallita de su guerra contra el tabaco, vicio que había abandonado hacía años gracias, según relataba, a un amigo que le apoyó mucho (o “apolló”, quién sabe) dándole masajes e introduciéndolo en el mundo de las artes marciales. De esto último me hizo una demostración lanzando pataditas al aire como si tuviera quince años. El espectáculo era de risa, pero puse cara de interés, y debí pasarme, porque la exhibición se alargó más de lo previsto hasta agotar el repertorio.

Otra pregunta que suelen hacerme es acerca de su edad (ese ego masculino), siempre digo 10 años menos de lo que realmente pienso, y cuando me dicen la que tienen, –jo, pues los llevas muy bien eh, mira que yo soy buenísima acertando la edad de la gente, pero contigo me he despistado-. Qué coño tengo! jajaja.

Sobre la marcha, y antes de relatar la cita nocturna, tengo que contar también que a primera hora de la mañana, mientras desayunaba en una terracita al sol como cada mañana, mientras leo la prensa, recibí una llamada del macho ibérico. Quería quedar y quería quedar YA. Había supuesto que después del último email en el que se despedía dándome las gracias por todo, ofendido porque cada vez que me hablaba de sexo yo le hablara de dinero, no volvería a tener noticias. Pero no.

Quiero quedar en media hora– dijo casi imponiéndose.

Imposible hoy, estoy líada, si quieres concertamos cita para mañana-.

No, quiero hoy– insistía.

Y como para pesados mis cojones,

Te digo que imposible, tengo cosas importantes por hacer. Mañana-.

Nada, que no te apetece, pues adios– dijo de muy mala manera y colgándome el teléfono muy ofendido.

Claro que no me apetece. ¿Tan difícil es de entender que hago esto solamente la pasta?. Vamos, lo que viene siendo una puta desde tiempos históricos.

La cita de la noche fue bastante agradable, un tipo de Madrid en viaje de negocios me citó en la cafetería de su hotel a las 9.

Cuando llegué sólo había un hombre sentado, así que supuse sería él. Me acerqué a saludar con una gran sonrisa en la cara y me contestó con una frase en un idioma que no supe detectar. Sería ruso, o algo así. Lo que estaba claro es que no era mi cita. Afortunadamente me salvo el idioma, sino me hubiera sentado en su mesa, y me las hubiera visto y deseado para salir de aquel embrollo.

Aclarado el error, observé que en la terraza había otro hombre sólo, sentado tomando una cerveza. Me despedí como pude de mi error, y salí fuera a comprobar si esta vez iba más encaminada. Según me acercaba me sonrió mientras decía –¿Victoria?-. Sí, ahora sí.

Era gordito, joven, un químico de unos 40 años a lo sumo y estaba en la ciudad por un congreso. Me ofreció tomar algo y bebí como él otra cerveza. –Me siento solo, lo he dejado con mi pareja hace un par de meses, y uno, tiene necesidades– confesaba intentando “normalizar” un poco la situación. En eso soy experta, siempre les digo que yo estas citas las veo como algo natural, y que de haber sido hombre muy probablemente recurriría a ellas cada vez que las necesitase. Y tanto normalizamos la cita, que estuvimos casi una hora hablando de política, trabajo, revoluciones sociales que están por venir,…hasta que decidió que subiésemos a la habitación. Le besé en el ascensor y eché mano al paquete para ver como andaba “la cosa” jajaja.

Pasada de habitación, preciosa, enorme, con una ducha transparente por las cuatro paredes plantada en mitad del cuarto en la que nos metimos por petición suya y sin tener muy en cuenta (cosas de hombres) la hora que había dedicado a mi peinado. Lo lavé bien y después me arrodillé delante para empezar a comer despacio una polla ni muy grande, ni muy gorda que contrastaba bastante con su enorme cuerpo.

De la ducha pasamos a la cama, seguí chupando y chupando hasta que sugirió un 69. Odio el 69, o se está en una cosa, o se está en otra, porque todo a la vez, me pierdo. Aguanté un rato corto sobre su boca, y pasados unos minutos salté a la cama alegando en mi defensa que no quería correrme. –¿Pero por qué?, yo quiero que te corras, que disfrutemos los dos.-, me encanta cuando me tratan como a una novia, pero, –soy muy masculina para el orgasmo, si llego me duermo inmediatamente después. Fóllame un poco, anda-.

Y sí a cuatro patas, que es mi postura favorita porque no les veo, me folló cinco minutos hasta estar a punto de correrse. Entonces se quitó el preservativo y me pidió que le chupara la polla para terminar. Zas, en toda la boca. Esto también lo odio, pero si me pongo delicada voy a terminar no comiéndome una rosca.

Tras el sexo, malo, la conversación.

Somos dos hermanos, madrileños, residentes desde hace años en Burgos. Mi madre murió cuando yo tenía once años, en el parto de mi hermano, y siempre tuve que ocuparme de él. Mi padre era albañil, trabajaba mucha horas, y económicamente siempre estuvimos flojos. Por eso nos fuimos a vivir a Burgos. Heredamos allí una casa, y ese gasto que nos quitamos. Siempre tuve que trabajar. Así me pagué los estudios. Fuí camarero y monitor de acampadas infantiles. En una de esas acampadas, yo tenía entonces 16 años, otra monitora, una chica psicóloga, mayor que yo, con 38 años, me enseñó tácticas téoricas y prácticas para controlar el orgasmo. Tácticas que me han venido muy bien con los años-.

Me escandalicé un poco, y él se reía mucho con eso, por la paradoja, y es que a pesar de lo liberal que aparentemente vivo mi vida, tengo rémoras de la infancia que ya he asumido, no me van a abandonar nunca.

Me dió propina al terminar (mierda, se me olvidó cobrarle al principio deslumbrada por la ducha), me comentó que viene a la ciudad cada, más o menos, dos semanas, y que me volvería a llamar en breve. Nos besamos en la despedida.

El camino de vuelta a casa decidí que lo haría andando. Eran más de las once de la noche, pero el barrio es muy tranquilo, la temperatura muy confortable recordando las cálidas noches de verano que están por llegar y pensé que me vendría bien un paseo para cavilar sobre mis cosas.

Como un tronco dormí.

Nada que ver con esta noche, que el amigo no para de roncar, y lo hace con tanto ímpetu, que entre ronquido y ronquido, también se le cae algún pedo. Está bien esto de dormir con alguien de vez en cuando para renovar el convencimiento de lo bien que estoy sola.