Macho ibérico

Así le gusta que le llamen. El primer contacto que tuvimos fue a través del email, donde me explicó un poco por encima qué es lo que estaba buscando.

Mido 181, 50 años, bien dotado, me gusta ser activo y me gusta dar bastante caña pero que disfrute mi hembra“.

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Ciertamente cuando te llega algo así es inevitable que te invada un poco de preocupación, aunque si te gusta el riesgo, la adrenalina compensa la preocupación. Sopesé, y finalmente pasé mi número de teléfono. La sorpresa no fue pequeña. La primera vez que hablamos hacía hincapié en el tema de dar caña, se refería continuamente al sexo duro, y preguntaba si a mí me gustaba practicarlo. Le comenté que estaba abierta a experiencias, pero siempre dentro de unos límites. Afirmó que por supuesto, que se trataba sólo de obtener placer.

El gag cómico de todo esto es que le seguí un poco la corriente, pues por el acento aposté todo a qué era sudamericano. Y una tiene sus manías y no folla con otras razas. Así que le seguí la corriente teniendo claro que él pagaba la llamada, y que no pensaba para nada quedar. Pero la vida es más puta que yo, él volvió a llamar para quedar pasados unos días, me pilló sin efectivo, me pudo la ambición, y quedé sobre la marcha en cuestión de una hora, para una hora de servicio.

Tardó tres en llegar. Cogió dos autobuses para recorrer la ciudad, en lo que hubiera sido, a lo sumo, un paseo de 20 minutos. Eso confirmó mis sospechas acerca de su extranjería. Si conociese la ciudad hubiera optado por otro sistema de transporte más…digamos práctico. Al final tuve que ir a recogerle, estuve esperándole en casa (tres horas, ya digo), haciéndome a la idea de que jamás encontraría mi apartamento (absolutamente céntrico por cierto), hasta que recibí su llamada. Le esperaba con los tacones, un vestido negro muy muy pequeño y ajustado, y unas braguitas transparentes. Me coloqué un legging negro bajo el vestido, sudadera, deportivas, y a la calle a buscar a alguien con las indicaciones que me había dado “camisa de cuadros y sandalias esperando en la puerta del Banco de Santander”.

Sandalias con calcetines llevaba, sí señor, y no, no era sudamericano, sino sevillano, con menos gracia de la habitual,  pero un sevillano muy viajado y con una mezcla de acentos difícilmente de controlar. Ni que decir lo que me alegré.

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Llegamos a casa, fumamos un cigarrito en espera de por donde saldría, ya que se había declarado activo, y los hechos no se hicieron esperar. Fue bastante bruto, aunque una es dura, era uno de esos que disfrutan apretándote la polla contra el fondo de la garganta provocando saliva a diestro y siniestro, saliva que aprovecha excitado para repartir por toda su polla. A la vez me pedía “pajéate para mí” de manera continuada, y decía que quería que fuera muy puta para él, daba palmadas a mi culo, clavaba su polla en mi garganta, la sacaba, me follaba fuerte un par de minutos, me arrodillaba, volvía a clavarme la polla, después masajeaba el agujero de mi culo mientras se clavaba en mi coño. Probaba con su punta en mi agujero trasero, pero estaba advertido de que no, y lo respetó.

Siempre les cuento la misma historia, les miento y digo que soy analmente virgen. No lo soy, pero tengo el sexo anal estrechamente ligado a una de las más grandes frustraciones de mi vida,  y eso, por paradójico que parezca, pertenece al terreno emocional y no está en venta.

Pasó la hora, y estuvimos follando casi hora y media, en las que fingí dos orgasmos, y le pedí que tuviera el suyo, pues dada la hora tenía que comer e incorporarme a trabajar. Cree que trabajo a turnos, para mí es interesante, así juego un poco con los tiempos, si no, a veces, no hay forma de echarlos de casa.

Se fue contento, dejándome el suelo lleno de preservativos que se quitaba cada dos por tres y se calzaba uno nuevo, porque en realidad la erección no fue estable en ningún momento, y se le iban cayendo. Dejando la cama pegada al lado opuesto de la habitación a base de empujones a medio gas, y el vecindario alarmado por los gritos que dió mientras finalmente se corría sobre mis tetas.

La frase más repetida de la sesión fue sin lugar a dudas “te gusta?”. Me preguntaba continuamente, y a pesar de mi poca disposición a besarle, recibí de su parte cariñosos besitos cerca de la oreja izquierda. Mecánicamente le contestaba “sí cariño, me encanta, me gusta mucho, quiero más”, aunque mentalmente la frase que me repetía era “me gustará mucho más cuando terminemos con esto y te vayas a tu jodida casa”.

Después de aquello me ha llamado un par de veces para hablar, y me ha enviado también un par de emails. Quiere volver a quedar. Veremos.

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Un pensamiento en “Macho ibérico

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